
¡Hola de nuevo! Estoy cumpliendo con lo prometido y volviendo rápido para contarles sobre nuestro día 2 de la escapada del verano pasado. Como ya saben, nos fuimos a Sorrento por unos días, y uno de ellos lo dedicamos a pasear por estas dos hermosas ciudades: Positano y Amalfi.
¿Arrancamos con un poco de contexto? Amalfi y Positano son dos ciudades cercanas, pero que cuentan dos caras distintas de la historia amalfitana.
Entre los siglos IX y XI, Amalfi fue una de las cuatro repúblicas marítimas de Italia. Esto significa que tenía su propio gobierno, su flota y hasta una moneda propia. Comerciaban con Bizancio, el mundo árabe y el norte de África, y este contacto con el mundo islámico influyó mucho en su arte y arquitectura. Positano, en cambio, era un pequeño pueblo pesquero que ganó importancia mucho más adelante en el tiempo. Hasta mediados del siglo XX era un pueblo pobre y difícil de acceder. Fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando varios artistas y escritores lo descubrieron y tomaron como refugio bohemio, que la ciudad se transformó en el símbolo de la “dolce vita” y empezó a funcionar como punto turístico.
Al día de hoy, calles angostas repletas de turistas, locales de souvenirs por doquier, poco espacio en la playa y precios bastante elevados son las cosas que tienen en común. Por lo demás, siguen siendo experiencias diferentes.
Nosotros empezamos nuestro día visitando Amalfi. Salimos temprano, en ferry desde Sorrento, y durante el recorrido aprovechamos las vistas del mar, los acantilados y la isla de Capri. Una vez ahí, seguimos al malón de gente y comenzamos a caminar por las calles de la ciudad, deteniéndonos a ver el monumento más imponente que tiene Amalfi: su Duomo. Como les mencioné antes, esta ciudad tuvo mucha influencia árabe y normanda, por lo que su catedral combina estos estilos junto con el romántico, y crea una arquitectura única. Está ubicada en el centro de la plaza principal y cuenta con unas largas escaleras que hay que subir para poder ingresar. Después de pasar un rato ahí, sacando fotos y observando el edificio, decidimos continuar y paseamos por las calles de la ciudad, recorriendo negocios plagados de caracoles, estrellas marinas y otros artículos relacionados con la temática del lugar: el mar.



Amalfi no es muy grande, por lo que cuando terminamos con nuestro recorrido dimos un paseo por el puerto para concluir la visita. La verdad es que me pareció una ciudad muy pintoresca, pero también muy montada para el turismo internacional y, al estar tan abarrotada de gente, se hacía un poco agotador el paseo.
Dado que todavía era temprano y aún nos quedaba bastante por ver, tomamos el siguiente ferry hasta Positano.
Esta ciudad es bastante más grande, y debo admitir que a mí me pareció más pintoresca y atractiva que Amalfi. Largas calles angostas llenas de negocios y restaurantes son la clave de la ciudad. Como ya era mediodía, quisimos comer algo y terminamos parando en un restaurante que también vendía panini y diversas cosas para llevar. Si bien la comida estaba muy rica, el precio era exorbitante para lo que era, pero por lo que pudimos ver tampoco se conseguían productos más económicos en ningún lado de la ciudad.
A Positano sí le dedicamos un poco más de tiempo y caminamos por sus calles, subiendo una infinita cantidad de escaleras y frenando para admirar las vistas desde los puntos más altos. Ver la ciudad debajo, con el mar, los balcones rebosantes de flores y todo muy cuidado y prolijo, fue una de las cosas más lindas que hicimos ese día.




Pero, como en todo viaje, siempre hay algún que otro inconveniente. En este caso, el problema fue que cuando bajamos nuevamente al puerto para tomar un ferry de vuelta a Sorrento, el precio era demasiado. Y después de todos los gastos de ese día decidimos que no valía la pena y que podíamos volver en colectivo. ¿El detalle? La parada de colectivo estaba en la parte alta de la ciudad. Veinte minutos ininterrumpidos de escalones empinados para poder llegar. Les voy a confesar que no estaba en condiciones de subir todo eso sin hacer varias paradas y que mi humor no era el mejor cuando al fin lo logramos. Por suerte, y pese a que el colectivo estaba bastante lleno y la parada también, pudimos conseguir lugar para sentarnos y descansar en el viaje de vuelta, mientras seguíamos admirando el paisaje, esta vez con vistas desde la ruta en vez del mar.
Para concluir, y según mi opinión personal, Amalfi es una ciudad para ir un rato, pasear, tal vez comer algo mirando el mar y sacarse alguna foto en sus puntos icónicos, como su puerto y su catedral. Positano, en cambio, da más para perderse paseando por sus calles, entrar a los miles de locales de souvenirs y probarse alguna de las prendas llenas de limones que venden, como si tuviéramos oportunidad de usar eso en alguna otra ocasión. Sentir que estás viviendo la “dolce vita” y creerte por un rato todo el glamour en el que te envuelve la ciudad.
Me encantó conocerlas, poder ver estos lugares de los que tanto habla la gente en redes, y sin embargo creo que la esencia de estas ciudades no va tanto conmigo ni con lo que me gusta, por lo que no sé si volvería en algún momento. Nunca digas nunca, pero creo que disfruté más de Sorrento, con sus calles más amplias, menos abarrotadas de gente y una esencia un poco más genuina, pese a que también está muy preparada para el turismo internacional.
En resumen, ¿vale la pena visitarlas? En mi opinión, sí. Pero no organizaría unas vacaciones en torno a ellas exclusivamente. Hay muchos lugares increíbles para conocer en Italia y que todavía mantienen una esencia más genuina para vivir la verdadera experiencia italiana.
¿Ustedes qué opinan? ¿Conocen la Costa Amalfitana? ¿Les gustaría? ¡Cuéntenme en los comentarios! Yo por ahora me despido, pero les prometo que vuelvo pronto. ¡Nos leemos en la siguiente publicación!
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